Prensa

Explorando la intersección entre la tecnología, la ética y el futuro del liderazgo digital. Historias arquitectónicas para una dimensión transformadora.

Definir metas desde la infancia: una práctica concreta para orientar el desarrollo personal y profesional. Por Ariel Jeria, Gerente general de Rompecabeza

Cada verano, desde hace años, repito un ejercicio simple pero constante: revisar mis metas. Es una práctica que comenzó en el colegio, primero en un cuaderno, luego en agendas, más tarde en planillas Excel y hoy combinando herramientas digitales con revisiones trimestrales. No tiene nada de sofisticado, pero sí algo esencial: definir hacia dónde avanzar. Este año decidí trasladar ese hábito al ámbito familiar. Conversé con mis hijos, Raimundo de 10 años y Antonia de 12, y les propuse establecer tres metas para el año: una académica, una deportiva y una social. En lo académico, fijaron un objetivo concreto: subir su promedio a 6,5. Venían de un 6,4, por lo que el desafío no era lejano, pero sí suficiente para exigir mayor foco y disciplina. En lo deportivo, buscaron mejorar significativamente en fútbol, aspirando a roles de liderazgo dentro de sus equipos. Finalmente, en lo social, el objetivo fue asumir responsabilidades dentro de las directivas de sus cursos, participando en instancias de representación. A dos meses de iniciado el año, ya se observan avances. Las notas están alineadas con el promedio proyectado. Raimundo es capitán de su equipo, goleador del torneo ANFP en su categoría y fue nominado a la selección Mini A de su colegio. Antonia, en tanto, fue elegida subdelegada de curso y mantiene una rutina constante de entrenamiento. Además, Raimundo asumió un rol activo como delegado en áreas deportivas y culturales. Estos resultados no responden al azar. Surgen a partir de un elemento estructurante: la definición de metas. Si bien los objetivos no garantizan resultados, sí cumplen una función clave: ordenan la energía, entregan dirección, promueven conversaciones y fortalecen la responsabilidad individual. En el mundo ejecutivo, esta lógica es igualmente evidente. La ausencia de metas claras suele traducirse en períodos de alta actividad, pero bajo avance efectivo. En cambio, cuando los objetivos están definidos, incluso progresos pequeños adquieren sentido y permiten medir resultados. Este enfoque también es parte de lo que desarrollo en mi próximo libro sobre marca personal, a través del método AURA. Allí planteo que la visibilidad profesional no depende únicamente de comunicar más, sino de avanzar con dirección. Esa dirección se construye a partir de objetivos concretos, revisados periódicamente para ajustar el rumbo y mantener coherencia entre lo que se proyecta y lo que se ejecuta. En ese contexto, la recomendación es simple: escribir metas y revisarlas durante el año. Es un ejercicio accesible, pero con impacto. Una meta escrita no solo organiza el presente, sino que también contribuye a modelar la forma en que se proyecta el futuro, especialmente cuando este hábito se incorpora desde etapas tempranas de la vida.

Leer

Ariel Jeria: A veces el mejor invento fue un accidente

Gerente general de Rompecabeza escribe a propósito de un nuevo Día de la Creatividad e Innovación. Cada 21 de abril, las Naciones Unidas nos invitan a reflexionar sobre el rol de la creatividad y la innovación como motores del desarrollo sostenible. No es una fecha para celebrar solo a los genios que cambiaron el mundo desde un laboratorio. Es, sobre todo, una oportunidad para reconocer que innovar es una actitud cotidiana: la disposición a mirar lo que no funciona y encontrar ahí algo valioso. Una oportunidad para preguntarse si lo que salió mal quizás salió bien de otra manera. La historia del progreso está llena de errores que se convirtieron en categorías. Por ejemplo, el manjar, uno de los símbolos más arraigados de nuestra gastronomía, habría nacido por descuido en Argentina: alguien dejó hervir leche con azúcar demasiado tiempo y lo que parecía un error se transformó en una delicia irresistible. No hubo intención ni diseño. Solo curiosidad. Algo similar ocurrió décadas después con el Manjarate de Soprole. El producto fue diseñado con una cobertura de chocolate densa y pareja sobre un mousse, pero un problema técnico en el envasado hacía que el chocolate precipitara hacia el centro, formando la bolita que todos conocemos. Cuando la empresa logró corregir el defecto, los consumidores exigieron que volviera. El error se había convertido en el alma del producto y hoy, más de 35 años después, sigue siendo el postre refrigerado más querido del país. A escala mundial, el patrón se repite con la misma lógica. Coca-Cola nació en 1885 cuando un asistente de farmacia mezcló accidentalmente agua carbonatada en lugar de agua normal con el jarabe medicinal que estaba preparando. El resultado encantó tanto que decidieron comercializarlo no como remedio para el dolor de cabeza, sino como bebida de fuente. “La historia del progreso está llena de errores que se convirtieron en categorías.” Y, en los laboratorios de 3M en 1968, Spencer Silver intentaba crear un adhesivo más fuerte y obtuvo exactamente lo contrario: uno débil, que se pegaba y despegaba fácilmente sin dejar residuos. Nadie supo qué hacer con ese fracaso durante años. Lo archivaron. Lo olvidaron, casi. Hasta que su colega Art Fry, frustrado porque los papeles que usaba para marcar su libro de coro se caían constantemente, recordó aquel pegamento inútil y vio en él algo que nadie había visto antes. Así nació el Post-it, hoy presente en más de 100 países. ¿Qué tienen en común estos casos? Ninguno siguió el camino planificado. Todos encontraron su valor real en un momento imprevisto. Y, en todos ellos, alguien tuvo la disposición de no desechar lo inesperado, sino de preguntarse qué podía hacer con ello. Esto no significa que el fracaso sea bueno en sí mismo. Significa que la creatividad no siempre opera en línea recta. A veces avanza tropezando. La innovación no es solo lanzar algo radicalmente nuevo al mundo; es también la capacidad de mejorar un proceso, cambiar la forma de relacionarse con los clientes o reinventar el propósito de algo que ya existía. Emprender significa apostar sabiendo que no todas las apuestas ganan, pero que incluso en las que no ganan puede haber algo que vale la pena rescatar. El 21 de abril es una buena oportunidad para recordarlo

Leer

Ley anti-pantallas: prohibir no basta, educar es la clave

El timbre suena y las salas de clases en Chile se enfrentan a una nueva realidad: la Ley 21.801 instala las aulas como espacios libres de celulares. La intención es correcta -menos distracción, más foco-, pero la pregunta de fondo sigue abierta: ¿qué ocurre cuando los estudiantes salen del colegio? La pantalla vuelve a encenderse y, con ella, una dinámica que no se resuelve solo con prohibiciones. Fuera del aula, el fenómeno del FOMO (miedo a quedarse fuera) sigue operando con fuerza. Niñas, niños y adolescentes no sólo buscan entretención, sino también pertenencia. Limitar el uso en horario escolar sin abordar ese impulso emocional es una solución parcial. El riesgo es quedarnos en la superficie, apagando síntomas sin intervenir la causa: la relación que construimos con la tecnología. A esto se suma un nuevo desafío. La inteligencia artificial ya forma parte del día a día educativo y productivo. Prohibirla sería repetir el mismo error: enfrentar el cambio desde el miedo en lugar de la preparación. La evidencia internacional es clara en advertir que restringir sin educar debilita las competencias digitales que hoy son esenciales. Pero hay un factor aún más determinante: el ejemplo adulto. En los hogares, donde no existen reglamentos, la conducta digital de padres y cuidadores define el estándar. Si la pantalla domina la mesa y las conversaciones, cualquier norma escolar pierde fuerza. La educación digital no se impone, se modela. El desafío, entonces, no es elegir entre prohibir o permitir, sino avanzar hacia una cultura de uso consciente. Regular en la escuela es necesario, pero insuficiente. Se requiere acompañar en el hogar, explicar riesgos, promover el pensamiento crítico y, sobre todo, formar habilidades de autocontrol. Como sociedad, debemos pasar del temor a la tecnología a su comprensión. No se trata de eliminar pantallas, sino de enseñar a dominarlas. Porque una política pública puede ordenar el espacio escolar, pero solo la educación, ya sea formal e informal, puede formar ciudadanos digitales capaces de desenvolverse con criterio en un entorno cada vez más conectado.

Leer

HABLEMOS

    Campos obligatorios*

    Este sitio está protegido por reCAPTCHA y la Política de privacidad y los Términos de servicio de Google aplican.